Desde que en la primavera de 1972 se localizó en la sierra segoviana del Guadarrama el primer nido de águila imperial ibérica, en estas más de tres décadas los profesionales que han colaborado en el seguimiento de esta rapaz de imponente porte y robusto pico, han comprobado como la especie se ha asentado, tanto en Ávila, como en Segovia, y “ya vuela sobre los montes y campiñas de Valladolid y Salamanca”, revela, con satisfacción, uno los técnicos más veteranos.
Este asesor de la Consejería de Medio Ambiente ofrece un dato que confirma la buena evolución de esta especie, que construye sus nidos en la copa de los árboles, “en 2008 hubo una pareja en la campiña segoviana que sacó adelante tres pollos sin ayuda de comida adicional”. Estas águilas pudieron cazar y no necesitaron del “plan de alimentación suplementaria”, que lleva a cabo la Administración regional, que consiste en colocar conejos, una pieza diaria por cada pollo, en los posaderos utilizados habitualmente por las águilas.
Precisamente, en 2009 finaliza el Plan regional de Recuperación del Águila Imperial Ibérica, que se puso en marcha hace seis años y los resultados “no pueden ser más alentadores”, comenta Javier Ezquerra, jefe del Servicio de Espacios Naturales. Un total de treinta y dos parejas anidan en Castilla y León y mantienen una de las productividades y progresiones más altas de la península Ibérica, al haber sacado adelante 54 pollos en la primavera de 2008, frente a los 47 de 2007. El balance nacional del año pasado casi se acercó a los 300 nacimientos.
Esta elevada tasa de reproducción ha supuesto “una ampliación del área de distribución, extendiéndose la población de Segovia hacia el norte, alcanzando los pinares de la provincia de Valladolid, mientras que los grupos que residen en Ávila, se extiende hacia el oeste y penetran en los encinares de la provincia de Salamanca”. Con satisfacción, José Ángel Arranz, director general del Medio Natural, desgrana estos datos que confirman los buenos resultados que se extraen del Plan de recuperación de esta rapaz, una de las aves más genuinas de la península Ibérica, que se puso en marcha en 2003, “estamos obteniendo una de las tasas más altas de productividad, lo que indica que vamos por el buen camino y nuestras medidas protectoras son acertadas”, afirma el responsable de esta actividad en la Consejería de Medio Ambiente. Con estos resultados, uno de los objetivos principales de este Plan, “conseguir un crecimiento mínimo anual de parejas reproductoras del 7% (algo más de una pareja anual entre las dos provincias), de forma que en los cinco años de vigencia del mismo, se alcancen los 24 territorios ocupados, cifra que coincidiría con el número máximo de territorios conocidos en los últimos diez años”, se ha visto sobrepasado con creces, ratifica este alto cargo de Medio Ambiente.
Una de las actuaciones fundamentales para el éxito del aumento de población del águila imperial ha sido la colación de conejos en los cantiles y escarpes usados como posaderos por estas aves. Según detallan los técnicos que coordinan el trabajo de campo, “con esta alimentación suplementaria, un conejo diario por pollo, se evita el cainismo entre las crías, provocado por la falta de disponibilidad de alimento”.
Peligros
Alrededor de un 80 por ciento de los ejemplares jóvenes de águila imperial ibérica no llega a incorporarse a la población reproductora. Aunque se desconoce cómo y dónde mueren muchos de ellos, la evidencia sugiere que se trata de mortalidad asociada a las actividades humanas.
Actualmente la electrocución es la primera causa de mortalidad no natural de las águilas imperiales. Las aves utilizan los postes de tendidos eléctricos como posaderos u oteaderos de caza debido a su gran altura. Desde 1990 hasta comienzos de 2006 se han localizado más de 120 imperiales electrocutadas. Según cuenta uno de los técnicos asesores del Plan de recuperación de la Imperial, “en los primeros años de vida, las águilas se desplazan hasta territorios lejanos, fundamentalmente a cotos de Castilla-La Mancha y a Doñana, donde hay abundancia de conejos, con los peligros que ello conlleva, como riesgo de electrocuciones o de veneno en el campo”. Sin embargo, este naturalista reconoce que la modificación de los tendidos peligrosos contribuyó a aminorar la mortalidad.
En la década de los noventa del siglo pasado, en el marco de un proyecto LIFE, en el que participaron las comunidades autónomas y el Ministerio de Medio Ambiente, se modificaron 1.300 kilómetros de tendidos eléctricos peligrosos. Por su parte, el veneno provoca la muerte de una gran cantidad de especies protegidas cada año y actualmente es la segunda causa de mortalidad no natural del águila imperial ibérica.
Según apunta desde la Sociedad Española de Ornitología, la SEO, que lleva adelante el programa ‘Alanzado el vuelo’, en los últimos años, las amenazas más importantes para el hábitat de la especie provienen de las alteraciones que provocan las grandes infraestructuras y obras públicas, como son embalses, autopistas, carreteras, urbanizaciones, líneas de transporte de energía, pistas y caminos forestales, que además de alterar o destruir su hábitat, provocan un aumento de la accesibilidad del hombre a las zonas de nidificación, suponiendo una fuente de molestias, que se traduce en disminución de su éxito reproductivo.
Hace 30 años, la mixomatosis diezmó espectacularmente las poblaciones de conejos en toda España, y tuvo consecuencias catastróficas para las pocas águilas imperiales que sobrevivían por entonces. Un buen número de parejas desaparecieron, perviviendo sólo aquéllas que además de estar protegidas, se asentaban en zonas donde se mantuvieron buenas poblaciones de conejos. Cuando ya en los años ochenta se detectaba una cierta recuperación de la población de conejos, nuevamente en 1989 volvía a llegar otra epizootia, también vírica, que en algunas zonas causó mortandades de similar magnitud a las de la mixomatosis.
Otra de las amenazas más importantes en la actualidad son la electrocución en postes de tendidos eléctricos peligrosos y la muerte por ingestión de cebos envenenados. Alrededor de un 80 por ciento de los ejemplares jóvenes de águila imperial ibérica no llega a incorporarse a la población reproductora. Aunque se desconoce cómo y dónde mueren muchos de ellos, la evidencia sugiere que se trata de mortalidad asociada a las actividades humanas. Desde 1990 hasta comienzos de 2006 se han localizado en todo el territorio nacional más de 120 águilas imperiales electrocutadas.
Expansión.
La primera estimación publicada sobre el tamaño de su población en España la realizó en los años 70 del siglo XX el naturalista vallisoletano José Antonio Valverde, cifrando el total de la población mundial en 50 parejas reproductoras. El ornitólogo citaba cuatro enclaves: Sierra de Guadarrama, Monte del Pardo, Valle del Tajo y área de Doñana. En esa década, el primer censo nacional confirmó la cifra de 50 parejas. El segundo censo nacional aumentó la población hasta las 104 parejas, mientras que en 2001, se llegaron a contabilizar la ocupación de 147 territorios en la península Ibérica. En los estudios elaborados por el biólogo Luis Mariano González “se ha comprobado que el águila imperial mantiene durante todo el año un territorio bien definido y centro alrededor de sus nidos activos”. La densidad media es de una pareja por 51 kilómetros cuadrados y una distancia media entre nidos contiguos de, al menos, 6'5 kilómetros.
Su población mundial, en 2006, ascendía a tan sólo 217 parejas reproductoras, 29 de las cuales se encontraban en nuestra Comunidad y el resto se distribuían por las comunidades autónomas de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid. Dos años después, en Castilla y León, ocupan 33 territorios, 17 en Ávila y 16 en Segovia.
La cifra constata con el censo de 1999 en el que se localizaron ocho parejas en Segovia, con una productividad de 15 pollos y otras ocho parejas en Ávila, que sacaron adelante 12 crías. A pesar de tratarse de poblaciones muy pequeñas, “hay muchos motivos para el optimismo”, apunta Arranz.
La especie estuvo al borde la extinción a finales del siglo XX. Gracias a las medidas de conservación que han puesto en marcha las comunidades autónomas, el Ministerio de Medio Ambiente y entidades científicas y conservacionistas, su población está recuperándose. Sin embargo, su futuro no está asegurado y por ello se encuentra estrictamente protegida. Está catalogada como especie En peligro en el Libro Rojo de las Aves de España y en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas.