Es un deber del que escribe mantener esa tensión diaria entre los posibles protagonistas de su texto: que con un tembloroso dedo rastreen su nombre entre los más de tres centenares de palabras, y que luego descarguen, bien su alivio con un bufido satisfecho, o bien su odio con una catarata de insultos hacia el firmante. Dependiendo, claro, de si son o no mentados, y de en qué términos.
Esta manera de estimular los movimientos de sístole y diástole de la peña, tiene su puntito superlativo cuando se alcanza el glorioso estatus de 'la que montaste, Roberto; la que montaste'. Con estas palabras exactamente resumieron dos significadas personalidades del mundo académico los efectos de mi columna 'Gran hallazgo en Numancia', publicada aquí el 15 de abril.
En ella se daba cuenta de un descubrimiento excepcional, un legajo romano del siglo I de lo que parecía ser el primer 'paes' pensado para la provincia. Cabría suponer que la broma estaba suficientemente clara y que el objetivo de la farsa era poner en evidencia la futilidad de tanto plan especial.
Aunque, no, no. Fruto de una mala lectura o, simplemente, de hablar de oídas, la noticia se difundió como transportada por un Usain Bolt empujado además por un Eolo juguetón, y corrió de boca en boca no ya entre simples sorianos, sino nada menos que entre arqueólogos de media España. En una Universidad madrileña, el pollo debió ser de órdago. Mis informantes, que no habían picado el anzuelo, tuvieron que ir apagando fuegos en sus respectivos terrenos.
Hay algo, perturbador a la par que divertido, en que a esos sesudos intelectuales se les pueda 'meter doblada' así, tan tontamente.