Lo bueno que tiene vivir en democracia es que todo se puede cuestionar, sin más consecuencia de la discrepancia con los que opinen lo contrario y, en el peor de los casos el desprecio de algún sector que se sienta ofendido por lo que se dice.
A estas alturas de crisis ya no me corto un pelo a la hora de afirmar que, el gran obstáculo para remontar la situación es la configuración actual del país. Eso que llamamos el Estado de las Autonomías. Y no porque no tenga cada hijo de vecino derecho al autogobierno, que va, sino porque se ha sobredimensionado el peso de las administraciones y con tanta cabeza pensante, es un decir, en cada una de ellas, es imposible una labor conjunta y coordinada. Más aún si, como es el caso, tenemos a las puertas procesos electorales que propician que cada cual vaya a su bola. Y su bola suele ser acribillar al enemigo político sin tener en cuenta los balazos que, como daños colaterales, puedan impactar en los pacíficos ciudadanos, siempre paganos de todo.
Si todos los recursos de este país se pusieran al servicio de una estrategia común, sería mucho fácil afrontar los retos del futuro. Optimizar las inversiones en infraestructuras, por ejemplo, sería más fácil si no hubiera tanta dispersión de competencias y, sobre todo si no las hubiera compartidas, que son la clave para entender porqué unos zancadillean a los otros y entorpecen todo lo posible a fin buscar rentabilidad en las urnas. No es operativo, por poner un ejemplo, que para una reforma en un mercado de abastos, sean precisos fondos europeos, del Estado, de la Autonomía, del Ayuntamiento y de particulares. Con una burocracia asfixiante en cada una de esas administraciones es una tarea de titanes, llegar a ese objetivo, que ni el afamado Santo Job soportaría media legislatura.
Ya sé que es políticamente incorrecto decirlo, pero la configuración política de nuestro país ha supuesto sobre todo, muchos cargos y por ende muchas cargas. No es un estado fallido, pero le falta poco.