Paco Alcántara
Seguramente, la mayor ilusión de Roberto no es otra que disponer de un grupo de amigos con los que pasear y “hablar de deportes”, su pasión. Reconoce que todo son problemas a la hora de entablar una conversación, “sobre todo con las chicas”, porque siente pánico a no caer bien. “Me corto y pienso que me dirán: déjame en paz, pesado”. La experiencia le dice que está destinado a recibir esa respuesta, porque, desde pequeño, los problemas han sido constantes para relacionarse: “Mis compañeros de colegio se reían de mí cuando les daba la espalda”.
Era mucho más nervioso que el resto del grupo y no se podía controlar. Roberto es el ejemplo de lo que se conoce como “un trasto”. Impulsivo, desinhibido, sufría para seguir las normas escolares, no podía estarse quieto en el pupitre y se distraía con facilidad. Este adolescente vallisoletano de 17 años forma parte del tres por ciento de niños que padecen el conocido como trastorno de atención e hiperactividad (TDAH).
“Un chaval hiperactivo no es una persona rara, sólo somos distintos”, lamenta Roberto que, con mucho esfuerzo personal y el apoyo incondicional de sus padres, Javier y María, aprobó la E.S.O. y ahora realiza un Módulo Superior de Informática. Asegura que sufre para concentrarse a la hora estudiar y a veces pierde el control, pero esas no son razones para que la sociedad tenga que verles “como gente rara”.
Su padre asiente junto a él y recuerda que, en el colegio, le echaban la culpa de todas las trastadas que se producían, las suyas y las de los demás, “hasta que, en una ocasión, se armó una muy gorda y no pudieron responsabilizarle porque ese día faltó a clase”, comenta el progenitor.
Desde muy pequeño, Javier y María supieron que Roberto era diferente al resto de los niños de su edad. Siempre ha contando con atención médica y psicológica. Ahora es un joven mucho más autodisciplinado que otros de su generación, asume como lema que “querer es poder”, aunque mira de reojo a su progenitor en cada una de las respuestas que pronuncia, buscando su aprobación.
Diferentes.
Raúl -nombre ficticio- es un muchachote que no aparenta los 14 años que acaba de cumplir. Los médicos también le detectaron el síndrome de hiperactividad, pero ni lo reconoce, ni lo asume. Según cuenta la profesora que dirige su terapia, esta actitud de rechazo, también es común, “porque no se sienten diferentes a sus compañeros y temen ser excluidos al ser tachados de deficientes mentales”. Raúl ha repetido varios cursos y recibe clases de apoyo todos los días. “No saca rendimiento, porque rechaza que padece el TDAH”, explica con cierta desazón su tutora.
A diferencia de Roberto, Raúl recibió el diagnóstico hace apenas un año, “muy tarde”, según los especialistas y ni tan siquiera la familia ha mostrado un apoyo explícito a este adolescente que sólo acierta a comentar: “Yo no estoy enfermo, eso es una tontería”.
Estos dos adolescentes son la cara y la cruz de una patología de causa no del todo conocida. Mientras Raúl se resiste a asumir su enfermedad; a Roberto le estimula saber que su caso no es único y que ejerciendo de portavoz de este grupo de niños hiperactivos muchos podrán ser diagnosticados a tiempo. Porque las investigaciones médicas consideran como principal responsable de este mal un desequilibrio químico en el área cerebral encargada de la atención y el movimiento. Afecta a entre un dos y un cinco por ciento de los niños. Además, también la herencia es un factor a tener en cuenta, porque en cerca del 80 por ciento de los pacientes diagnosticados se descubre que hay alguien más en la familia.
Desinformación.
María del Puerto Arenales ofrece otro dato: En Castilla y León, unos 12.000 niños sufren el Síndrome TDAH. Hasta que el pequeño no cumplió los siete años, esta mujer no supo que su hijo padecía esta enfermedad neurológica. “Tuvimos suerte, porque, entonces, apenas si existía información”, señala.
Su historia es similar a la de otros muchos padres. “Desde que el pequeño comenzó a relacionarse con otros niños ya sabíamos que tenía una conducta diferente”, relata la también presidenta de la Asociación Vallisoletana de Afectados por Trastorno de Atención e Hiperactividad (AVATDAH), ofreciendo un detalle que constata la ausencia de referencias en la que se ha visto envuelta esta enfermedad. “Me enteré del mal que padecía mi hijo leyendo un artículo en una revista”. En esos años, aún ni existía la posibilidad de realizar un diagnóstico precoz como ya se ofrece desde la sanidad pública, desde hace unos años.
El síndrome es un drama para los niños que lo padecen, pero también para sus padres, porque estos chavales son castigados y regañados, tanto en el colegio como en casa, al comportarse de forma diferente a los demás, “carecen de grupos de amigos, no se los invita a los cumpleaños y, sin embargo, no son unos diablillos, como pueden parecer”, remacha María del Puerto.
Concienciación.
La AVATDAH nació en Valladolid en marzo de 2003, cuenta con más de cien familias asociadas y grupos organizados similares ya funcionan en León, Burgos y Salamanca, mientras que en Ponferrada se encuentra en fase de gestación. Estos colectivos exigen a Sacyl que se preste un tratamiento psicopedagógico personalizado a los niños con estos problemas. “Si se pone en marcha, es muy probable que el apoyo extraescolar que debemos prestar a los niños con estos problemas no sea necesario”. Según la presidenta de la asociación, “esta terapia les ayudaría a mejorar y planificar su tiempo, tanto en el colegio como en los ratos de ocio y, personalmente, mejorarían la autoestima que la tienen muy baja”.
Mientras la Consejería de Sanidad decide si amplía estos servicios, las asociaciones han puesto en marcha, en sus sedes, programas de apoyo. La psicopedagoga Beatriz Benito asegura que es fundamental la concienciación de padres y profesores, porque, aún, muchos maestros piensan que estos chavales no padecen ningún tipo de enfermedad, “sólo son unos trastos”. Benito, que lleva tres años dirigiendo un programa de apoyo a chavales hiperactivos, considera que los padres necesitan que les entiendan, y “mucha comprensión”, porque en el colegio, a veces, no los escuchan. “El sistema educativo no está preparado para recibir a estos niños”, remata esta especialista en educación especial.
En su consulta escucha reiteradamente el mismo lamento: “No entiendo a mi hijo, porque sé que quiere ser bueno, pero no puede, siempre está inquieto”. De ahí que la psicopedagoga insista en que “es posible controlar algunos síntomas del TDAH, como la ansiedad, los problemas de aprendizaje o la baja autoestima, con un diagnóstico precoz”. De hecho, hasta el momento, se sabe que, por ejemplo, la hiperactividad motora tiende a disminuir con la edad, pero la inatención persiste en un 50 por ciento en la vida adulta.