Derbi del Moncayo

Y tan amigos

Las aficiones numantina y zaragocista vuelven a hermanarse este fin de semana por el partido entre ambos equipos.

Sara I. Belled Actualizada 15/12/2015 a las 09:56
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Los aficionados rojillos que acudieron este domingo a La Romareda, incansables en su empeño por animar a sus jugadores, fueron claves en la remontada del Numancia frente al Real Zaragoza.

No hizo falta que este domingo saliera el sol de invierno en Zaragoza para que los cerca de 600 sorianos que se acercaron a la capital aragonesa se sintieran como en casa. La niebla, de hecho, se levantó en la capital del Ebro mucho después de que lo hiciera alguno de los que paseaban sus bufandas de color rojo y azul por las calles más céntricas. Las ojeras de estos ya se encargaban de poner de manifiesto que la jornada deportiva, que para muchos comenzó en el bar El Picadillo, sede de la peña numantina que lleva su nombre, el sábado por la noche, se había alargado bastante.

Así, a pesar de que para los locales la plaza del Justicia hacía honor ayer al frío que se metía en los huesos de cualquier zaragozano, los foráneos tiraban de "casta soriana" para soportarlo. Sí, de justicia eran los dos grados que marcaba el termómetro este domingo en Zaragoza a las nueve de la mañana. "Una nimiedad para los sorianos de pro", como se escuchaba en una de las mesas del bar en las que estaban sentados cuatro de los más madrugadores. Con el torrezno y el café. Uno detrás de otro, claro, y no como José, ‘Jose’ para los amigos, que "de los nervios" casi empapa la fritura en la taza.

Los torreznos volaron de mano en mano desde el sábado, pero para empapar ya estaban las pastas que ofreció durante toda la mañana Carmen, de la Peña Numancia de Logroño, la Rioja. Y no solo para el café, ya que lo que de verdad corría por la barra eran las cañas de cerveza. "Sin parar en todo el fin de semana", decían los camareros.

Para abrir boca, la peña numantina El Picadillo repartió torreznos e invitó a la primera caña de cerveza la víspera del partido, en un acto que iba a prolongarse hasta la una de la madrugada, aunque terminó mucho más que de día para algunos. Otros, los más serenos por la mañana, ya habían reservado con antelación una habitación de hotel para pasar la jornada.

Ya el viernes pudo verse alguna bufanda rojilla por Zaragoza, pero fue el sábado cuando comenzó de verdad la fiesta de hermanamiento que se repite desde hace varios años entre ambas aficiones.

Como es ya casi tradición, fue este domingo cuando ambos seguidores quedaron de buena mañana para acudir juntos al estadio, aunque entre la marabunta que recorrió las calles de Zaragoza primaba más el rojo que el azul y el blanco.

La entrada rojilla sumaba las 600 localidades, a las que hay que añadir todos aquellos numantinos que viven en la capital del Ebro. "¡Esto es una fuga de sorianos!", gritaban y se reían entre los componentes de la familia Carramiñana. De tres hermanas, una partió a vivir con 16 años a la ciudad aragonesa y este domingo, medio siglo después (que suena a mucho pero no es tanto) volvían a compartir, como estos últimos años, un tentempié antes del Zaragoza-Numancia.

Pero no todo eran sorianos patriados o expatriados. También había "zaragozanos de pro", como Eduardo, que acompañaba con su bufanda blanquilla a Esther, que acabó tomando prestada la suya, roja y azul, claro.

En total se esperaban miles de rojillos por las calles de la capital aragonesa, y no defraudaron. No hacía falta poner mucho empeño para vislumbrar por pleno Paseo Independencia -literalmente porque la niebla no dejaba ver más allá de 20 metros- alguna camiseta rojilla.

Tampoco hizo falta el calor de junio para que las sanjuaneras, que se escuchaban desde la misma plaza del Pilar, a apenas unos 400 metros, inundaran de ritmo a quienes se acercaron a la sede de la peña numantina El Picadillo. Las mismas dulzainas y cajas que hicieron las delicias de quienes se encontraron por la céntrica calle Alfonso, camino de La Romareda, cuando ya pasaban las once de la mañana.

Curioso, y ya tan natural, fue ver cómo un grupo de turistas asiáticos persiguió a la fila de aficionados haciendo fotos durante unos instantes. Aunque no fueron los únicos, ya que muchos de los viandantes, sorprendidos por el estruendo de música y baile, no dudaron en comenzar a grabar con sus teléfonos.

Al frente de la fila que partió del bar El Picadillo, la pancarta que colgaba desde el viernes encima del cartel del establecimiento. La misma que casi no retiran y que acabó cayendo, cinco minutos después, bajo el clamor de los más impacientes, que veían cómo la hora del partido se acercaba y todavía no habían iniciado el camino.

Aún así llegaron a tiempo. Y con el pitido inicial la grada destinada a la afición visitante vibraba y saltaba. No al ritmo del balón, ya que el partido comenzó demasiado espeso -como el día-, pero sí al ritmo que marcaba, de nuevo, la charanga. Las aficiones, de hecho, llevaron el peso del encuentro, al menos durante la primera parte.

Al final no hubo niebla que no dejara ver el hermanamiento que ya es más que evidente entre seguidores, siempre seguidores, rojillos y blanquillos. El roce hace el cariño, dicen. Será entonces que de tanto encontrarse entre La Romareda y Los Pajaritos, algo de cariño han amasado ambos equipos. Habrá que ver si no es tanto ese afecto el que haya surgido con la categoría y, si se hace justicia, como con el frío, estas aficiones profesen su amor, pero de primera.







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