Salud

Apiterapia, el picotazo que quiere aliviar el dolor

Los defensores aseguran que el veneno de las abejas reduce considerablemente el dolor y elimina la inflamación entre muchas otras ventajas. HERALDO asiste a una sesión de este método que ya acumula mucha literatura científica.

Actualizada 05/11/2015 a las 11:04
Con la pinza con la que aprisiona la abeja en una mano y otra pinza libre en la otra, el terapeuta acerca el himenóptero a la zona a tratar.Luis Ángel Tejedor

"Ponme una en el brazo. Quiero contar qué se siente al ser paciente de una sesión de apiterapia". La invitación, realizada por la periodista al apicultor durante la entrevista que mantienen, no prospera. "No", contesta tajante. "Desconozco si eres alérgica a su veneno, ¿te ha picado una de ellas alguna vez?". Y ante la duda, el pequeño insecto termina sobre el pecho de otra defensora de la práctica que ya sabe que no es alérgica y que, en la actualidad, admite seguir un tratamiento de apiterapia contra la psoriasis. Lleva un año con él.

En una caja de madera con tapa transparente 'viajan', aparentemente tranquilas, un puñado de abejas . El responsable de aplicar la terapia la abre. "No tengas miedo", se dirige a la entrevistadora, "si se escapa alguna irá a la luz", y utiliza unas pinzas para sacar una abeja que aproxima al pecho de su paciente, sobre el que espera que el insecto inyecte su veneno, cerca de la glándula timo. "Es la glándula que tiene que ver con el sistema inmunológico y es sobre la que se actúa en caso de psoriasis", explica el apicultor.

Con la pinza con la que aprisiona la abeja en una mano y otra pinza libre en la otra, el terapeuta acerca el himenóptero a la zona. Visto y no visto. Con un movimiento más rápido que el del ojo, retira el bicho de la piel y, de forma simultánea, extrae con la pinza libre el aguijón, que deposita sobre un folio en blanco [la imagen que reproducimos en la lupa, sobre estas líneas]. El casi microscópico pincho sigue moviéndose solo mientras continúa liberando veneno. El mismo que durante un segundo ha introducido en el escote de su 'víctima'. "No reniego de la medicina convencional", dice la aguijoneada. El apicultor asiente. "Sin ella no somos nada", añade. "Pero esto es un complemento", corean casi a la vez. ¿Y ha notado mejoría? "Sí", afirma subiéndose una pernera del pantalón. "Sólo me quedan aquí un par de círculos pequeños". Y los enseña.

La práctica se llama apiterapia y no está reconocida entre las 139 técnicas realizadas en el ámbito de las terapias naturales recogidas por el Ministerio de Sanidad a título informativo. No hay legislación al respecto. Sin un marco nacional, tampoco hay norma regional que la regule.

"Todos los tratamientos que se realizan han de estar supervisados por médicos", advierte la jefa del Servicio Territorial de Sanidad, Elena del Vado. "Esto de lo que me hablas no es un tratamiento sanitario y no, no se podría dar licencia para esta práctica. Hay vacío", explica. Y advierte: "Tienen que tener especial cuidado con estas cosas. La toxina de abeja puede ser peligrosa".

Lo es. Y los dos apicultores entrevistados lo indican. De entrada, explican, además de la certeza de que el paciente no es alérgico exigen un control de tensión antes de realizarla, nunca a aquellos que la tienen baja. De ahí que reclamen una legislación que ampare una técnica que no es tan exótica en otros países. "En Rusia, Rumanía y América del Sur, en países con difícil acceso a los tratamientos médicos se realiza desde hace años", cuenta el apicultor soriano.

Pero hay quien sitúa el comienzo de los tratamientos con apitoxina (lo que conocemos como el veneno de las abejas ) en la cultura egipcia y en la antigua China. La literatura atribuye a Phillip Terc el estudió del uso del veneno de abejas en pacientes con enfermedades reumáticas. Era 1888.

Hoy, un chileno, Héctor Cielo, lidera la defensa de esta práctica en el mundo impartiendo conferencias y cursos por distintos países. Desde su web (beenatura.cl) divulga las propiedades de un método que, dicen los que lo practican en Soria, "refuerza el sistema inmunitario y es un eficaz antiinflamatorio y analgésico".

Investigadores de universidades como la de Exester en reino Unido o del Instituto de Medicina Oriental de Corea han realizado estudios clínicos sobre acupuntura con veneno de abeja, asegurando en sus conclusiones que "el dolor fue significativamente menor que con la acupuntura clásica". Desde Soria, los apicultores aseguran que "la apitoxina es 80 veces más fuerte que la morfina".

De ahí que los que la aplican insistan en la palabra "micropicadura". Tres segundos máximo. La realizada durante la entrevista no superó el segundo.

Pero tanto la duración como el sitio donde se deposita la abeja sobre la piel cambian en función de la patología a tratar. En zona de las glándulas suprarrenales, dicen, el poder es antiinflamatorio; en la zona de la timo vendría a reforzar el sistema inmunológico; las migrañas requerirían picotazo en la cabeza... "Hasta para el VIH. No lo cura, claro, pero lo controla", asegura la apicultora entrevistada. Científicos de la escuela universitaria de Medicina de San Luis, en Estados Unidos, defienden en sus investigaciones que las nanopartículas cargadas con veneno de abeja pueden llegar a destruir el virus del VIH.

Desde contracturas a fibromalgia, diabetes, varices... hasta insomnio. Quienes justifican la apiterapia citan un sinfín de patologías potencialmente objeto del aguijón.

A mayores, defienden que las abejas ofrecen un tratamiento "integral". Polen, propóleo y miel ("no disolverla nunca en líquidos muy calientes porque el calor destruye sus enzimas y anula sus bondades", recomienda el soriano) completan la oferta de este método.

"A medida que estudiamos más, nos asombramos más", proclaman a coro los dos apicultores, que vuelven a pedir una formación reglada y un marco normativo para poder practicar un método con el que los sorianos pretenden atajar el dolor. "No hay por qué vivir con dolor", declaran varias veces durante la conversación. "La apitoxina lo reduce y también la inflamación", proclaman frente a las reticencias expresadas desde la jefatura del Servicio Territorial de Sanidad de la Junta de Castilla y León. "No es un tratamiento sanitario. Hay que advertir del riesgo", insiste Elena Del Vado.

El riesgo es un shock anafiláctico. "No pasa todos los días, pero lo vemos en Soria, sí", explica desde el hospital Santa Bárbara de la capital uno de los médicos de la plantilla, que prefiere no dar el nombre. "Aquí luchamos contra los síntomas que producen las picaduras, algunos de ellos tan graves que pueden terminar en la muerte del paciente", asegura.

Media hora desde una picadura es tiempo suficiente para un desenlace fatal. "Estos pacientes pasan volando", admite el profesional médico. "Diez minutos de espera en Urgencias pueden ser determinantes", explica. En Soria se tratan los síntomas porque los antídotos son caros y no hay para todo tipo de 'bichos' tóxicos. "Trabajamos en antagonizar los efectos", relata. Dificultades respiratorias, sibilancias, sensación de mareo, inestabilidad, calor, malestar general, sarpullidos, hinchazón, edema en la lengua o edema de glotis son algunas de las reacciones del humano alérgico al veneno del mundo animal, también al de las abejas .

¿Y el precio de la sesión de apiterapia? "Gratis si el paciente no tiene recursos. No tratamos de enriquecernos con las abejas , nuestro objetivo es luchar contra el dolor. No cobramos a niños, ni ancianos ni a quienes no tienen dinero", dicen mientras dejan patente su admiración por unos bichitos muy sociales presentes en todos los continentes salvo en la Antártida. "Tenemos un respeto profundo hacia este animal. Hacia él y hacia su trabajo".

Morfina mucho más potente Gracias a la ponzoña de una rana arborícola de Sudamérica se está estudiando que los enfermos puedan beneficiarse de un sustituto de la morfina 2.000 veces más potente.







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