Reportaje

Cuestión de 'Faith'

Ana Isabel, que fue diagnosticada hace unos años de una lesión macular degenerativa, ha cambiado en el último mes el palo para ciegos por una perra guía.

Sara I. Belled Actualizada 13/04/2016 a las 18:25
Ana Isabel fue diagnosticada hace unos años de una lesión macular degenerativa y ahora ha cambiado el palo para ciegos por una perra guía.

No puedes elegir lo que te toca, a mí me ha tocado vivir así y eso voy a hacer: vivir", sentencia Ana Isabel mientras corrige a Faith (fe, en inglés), la joven perra guía que la acompaña por las calles de Soria desde el pasado mes de febrero y que se ha encaprichado de un gusanito que hay tirado cerca de ‘la Tarta’. "Todavía está aprendiendo", se justifica, orgullosa de la respuesta inmediata del can al primer tirón. La elección, en cualquier caso, hubiese sido esa misma: seguir adelante "sí o sí", una vez que supo hace unos años que perdería la visión por completo. No obstante, interiorizada ya, solo se acuerda entre risas de una de las últimas: "Yo quiero que sea negro, que pega con todo".

La anécdota tuvo lugar hace un par de meses en el marco de un viaje a Estados Unidos organizado por la ONCE en el que varios invidentes se habían embarcado para hacerse con uno de estos perros guía, y podría parecer incluso superficial. "¡Menuda tontería eh! Pero puestos a elegir...", advierte. Parece que cuando el negro hubiese dejado de ser para el resto solo un color, puestos a elegir, Ana Isabel, que suma 48 años, tres hijos y dos nietos, se hubiese hecho con Faith "hace mucho tiempo". A pesar, eso sí, de que "nunca había tenido ningún animal en casa, ni había tenido que cuidarlo".
Y no es fácil. Un abuelo que arrastra los pies por el suelo a paso lento, el sonido latino y abrumador de un móvil que ameniza la tarde a unos chavales de corta edad -y menos oído-, la puerta abierta de un bar que hace esquina o dos carritos de bebé que preceden los bramidos de un par de amigos que hablan del último partido del Numancia. El trayecto del trabajo a casa es el mejor entrenamiento para ambas, que se alargará durante cerca de un año.

Con más fe que posibilidades, intento cerrar los ojos y hablar con Ana Isabel y tengo que preguntarle lo mismo dos veces, cuando la campana del trenecito me trae de nuevo hasta la plaza San Esteban, donde trabaja para la ONCE. Supongo que no ha tenido mucha importancia, porque como afirmará un poco más adelante: "Hay muchas cosas que se pueden ver con los ojos cerrados". Imagino entonces que ‘solo’ hay que aprender a (no) mirar, pero en ese momento ya me ha dado un titular, y sin preguntar aquello de si es verdad que cuando pierdes visión el resto de sentidos se agudizan. "Claro que sí", asegura conforme bajamos con Luis Ángel, el fotógrafo, hacia la plaza Mayor.


Hace ya unos cuantos años que Ana Isabel tuvo que aprender a (no) mirar. Mientras, su vida transcurrió con la "normalidad" de una niña de apenas ocho años que fue diagnosticada de miopía tras pasar el sarampión. Los estudios, la independencia, su pareja y tres embarazos tras los que veía "cada vez peor" fueron el origen del diagnóstico: una lesión macular degenerativa.


"Mira, aquí probablemente está el Mesón Castellano y aquí, a la derecha, hay unos bancos, los de toda la vida, de hormigón. ¡Anda que no me he sentado ahí veces!", recuerda. El truco es el oído, también el olfato y sus recuerdos. "Supongo que me he quedado con lo mejor de muchas cosas", asegura, quizá consciente de ese valor añadido -por llamarlo de alguna manera- de que para ella "el árbol de la música siempre será el árbol de la música".


Avanzamos ahora hacia el paseo del Espolón y confiesa que desde que se hizo peatonal pierde "la noción del espacio". Resulta que el ruido de los coches, los frenazos, algún que otro pito airado... le ayudaban bastante más que los gritos inquietos que prolifera un grupo de niños que ahora está jugando al balón. Faith duda, "porque todavía no conoce bien esta zona", pero cuando parece que va directa hacia una de las farolas, gira levemente y Ana Isabel la sortea. "¡Right, Faith!", espeta en el perfecto inglés en el que la perra ha sido instruida, y el can toma el rumbo indicado. Se hace increíble.

"Sí, sí, tú pregúntame", dice despreocupada y con una naturalidad que atenaza cuando nota que dudo un poco. La seguridad, toda aquella que ya tenía en sí misma y la que ha aportado Faith, es "clave". Para todo. Desde ese instante en el que el can para en seco cuando ve a una pequeña dirigir sin control su bicicleta hacia Ana Isabel, hasta esa iniciativa que parece inherente al día a día.

Es la primera tarde soleada de marzo y, mientras lo pienso a su lado, dice: "Yo ya no veo nada, no sé dónde estás si no es por la voz, solo percibo si hay o no hay luz o el calorcito del sol". Y sonríe cuando comentamos que los perros suelen poner cara triste si no consiguen lo que quieren. "Que ponga la cara que quiera, yo no la veo...", bromea.

Hace tiempo que Ana Isabel ve todo negro, menos el futuro.







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