Tradición

San Pedro Manrique pisa el fuego en la noche mágica de San Juan

27 vecinos caminan por las brasas con en un recinto abarrotado.

Efe. Juan Carlos Hervás Actualizada 24/06/2016 a las 17:23
La localidad de San Pedro Manrique volvió a vivir este jueves 23 de junio uno de los momentos más emotivos para los vecinos, el Paso del Fuego.

San Pedro Manrique, localidad cabecera de la comarca soriana de Tierras Altas, ha revivido en la madrugada de este jueves la noche mágica de San Juan con su rito ancestral del Paso del Fuego, una tradición milenaria que quiere aspirar a ser más conocida en el mundo.

Dos mil espectadores han presenciado en el anfiteatro de la ermita de la Peña, en este pueblo serrano de apenas seiscientos habitantes, este rito que ha sobrevivido gracias al compromiso de los hijos del pueblo, dispuestos cada año a superar, paso a paso, este manto de fuego que está a 400 grados de temperatura.

Este año han sido 27 los sampedranos que han cruzado el manto de fuego, entre ellos siete mujeres, tres de ellas por primera vez en una jornada especialmente emotiva para Alejandra Ruiz Hornillos, de 37 años, nieta de la primera mujer sampedrana que cruzó, en 1947, las brasas.

El alcalde socialista Jesús Hernández ha reconocido que quiere que se conozca más en el mundo esta fiesta, declarada de interés turístico nacional. "Es una fiesta única y en esta legislatura voy a intentar que sea conocida a nivel internacional. Voy a tratar de que las televisiones extranjeras difundan esta fiesta", ha avanzado.

(Vídeo: M-Audiovisuales)

El ritual ha comenzado puntual cuando se ha entrado en la noche de San Juan, la más corta del año, y se ha prolongado durante casi veinte minutos, en la que los pasadores han trasladado la emoción y la adrenalina a los espectadores.


Primero, como es tradición, los pasadores han portado a hombros a las tres móndidas de las fiestas de San Juan en San Pedro Manrique, Sara, María y Vichy, tres jóvenes sampendranas elegidas a primeros de mayo por sorteo y que, ataviadas con vestido blanco y un extraño cesto en la cabeza con flores de pan y largas varitas de harina y azafrán (arbujuelo), recuerdan el tributo de las Cien Doncellas tras la derrota musulmana en la cercana Clavijo.

Después, la mayoría de los pasadores han cruzado a familiares o amigos a sus espaldas, cada uno con su particular técnica para evitar quemarse la planta de los pies.

Los propios pasadores coinciden en que la mejor alternativa para evitar las quemaduras son pisadas fuertes y rápidas, a ritmo y con la planta del pie plana, lo que frena durante unos segundos la combustión del manto de fuego.


La preparación de las propias brasas tiene también su ritual y sus responsables, denominados horguneros. Éstos se encargan tres horas antes de iniciarse el ritual de quemar más de mil kilogramos de leña de roble de la comarca y de acondicionar, con mucha paciencia y sólo auxiliados por una larga vara, la alfombra de brasas, de seis metros de longitud y entre diez a quince centímetros de grosor.

Esta proeza, denominada pirobacia y que los sampedranos llevan con orgullo identitario, ha despertado desde mediados del siglo XX el interés de curiosos, científicos y parapsicólogos.

El origen de estas fiestas ha sido estudiado por etnógrafos como Julio Caro Baroja, que visitó la villa sampedrana en 1950, y la investigadora Chesly Baity, una década después, y que encontraron similitudes del paso del fuego con el de los Hirpi Sorani de la Italia Clásica y con los pueblos indoeuropeos del sur de la India.







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