Sociedad

El piropo ya no pisa con garbo

A caballo entre la "violencia verbal" y el "subidón de autestima", los piropos siguen arraigados en nuestra cultura.

Actualizada 21/01/2015 a las 11:51
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Algunos piropos no pasan de modaHERALDO

"Dueña de la negra toca, por un beso de tu boca diera un reino Boabdil". Si José Zorrilla, gran aficionado a las mujeres en aquella España del XIX, le espetara hoy en El Collado a una mujer alguno de los piropos que ponía en boca de sus personajes, correría el riesgo de ser tildado de políticamente incorrecto, cuando no de machista o acosador. La presidenta del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, ha comenzado el año defendiendo la necesidad de que se "erradiquen los piropos" porque -dice- suponen "una auténtica invasión de la intimidad de la mujer".

Pero lo que a su juicio es una "falta de respeto a la imagen de la mujer" (prohibida en España durante la Dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930) ha llegado al siglo XXI como una tradición secular que posee en Google cerca de más de 900.000 resultados en castellano entre los que puede encontrarse de todo: desde justificaciones etimológicas de la palabra hasta históricas, pasando por auténticos diccionarios de una práctica que algunos, como el citado Zorrilla gracias a su Don Juan, llegaron a convertir en arte. Pero eran otros tiempos.

"Nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de la mujer", ha dicho Ángeles Carmona. Lo cierto es que las mujeres no parecen ponerse de acuerdo entre ellas sobre lo perjudicial que puede llegar a ser un requiebro. Por contra, incluso hay quien considera el halago callejero "un subidón de autoestima", como lo define una de las mujeres entrevistadas para este reportaje. "Yo no me siento acosada siempre que sean finos", explica una licenciada universitaria soriana. Sus amigas la parafrasean: "Yo tampoco, no hay que sacar las cosas del tiesto", apunta la segunda. "Si son dichos con gracia y salero...", termina la frase la tercera. Sólo una de las cuatro amigas se resiste a ellos: "a mí no me gustan, pero no me siento acosada", indica a HERALDO.

Más rotunda se muestra Cristina, una profesional treintañera: "Personalmente me asquea que un desconocido me diga algo, que se lo digan a su mujer. Y menos que te lo diga algún imbécil en el trabajo, que me ha pasado y es denigrante. Mejor que nos traten como iguales".

En la veintena o superados los cuarenta, en lo que casi todas coinciden es que el contenido del piropo y el contexto en el que se expresa determina el grado de "violencia" al que se refiere Carmona y que critica Cristina. "Socialmente minimizamos estas agresiones por considerarlas parte de nuestra cultura, y así las mujeres se ven llevadas a tolerar esta violencia y naturalizarla", indican los promotores de ‘Acción Respeto: por una calle libre de acoso’, una campaña que en Facebook supera ya los 84.000 ‘me gusta’. Los piropos, que hoy en España generan sólo declaraciones en contra, se han convertido en una práctica muy mal vista en otros países.

La estadounidense Holly Kearl es fundadora de ‘Stop Street Harassment’, un movimiento muy activo en la lucha contra el acoso en las calles. Profesora en la George Mason University y consultora de la ONU, Kearl define el piropo como "las palabras y acciones no deseadas llevadas adelante por desconocidos en lugares públicos que están motivadas por el género e invaden el espacio físico y emocional de una persona de una manera irrespetuosa, rara, sorprendente, atemorizante, o insultante".

Pero, ¿es para tanto? Desde Soria, la vicepresidenta de Antígona, psicóloga de formación, Pilar de la Viña considera que es "muy borde" que los hombres opinen en voz alto sobre lo que piensan de una mujer que pasa a su lado "Calladitos están más guapos", aconseja, si bien considera que los halagadores callejeros "en este país cada vez son menos".

De la Viña señala la vocación femenina de arreglarse para agradar a los demás, "a toda mujer le gusta gustar", indica, pero diferencia entre los silbidos de admiración que puede despertar una fémina entre sus amigos o familiares, "en una relación de confianza" o los juicios de valor que le llegan de desconocidos. "La autoestima no se puede medir por los piropos, los amigos son los que te suben la autoestima", sentencia.

Y se muestra lapidaria cuando se le cita términos usados por los defensores del halago, como el de "seducción": "No, de ninguna manera, la seducción es otra cosa, implica también intimidad, cierta confianza. El piropo es sexismo, tiene que ver con el juego de roles".

No opina de igual forma el jefe de Salud Mental de Soria, Ricardo Martínez Gallardo, que aboga por no demonizar el acervo cultural de la piel de toro. "Es un tema cultural puro y duro", afirma y recomienda "no sacarlo de contexto". Claro que el psiquiatra saber usar de forma muy correcta el castellano: "invade y molesta el insulto, la grosería o la aberración soez, pero lo que entendemos todos en España por piropo no es eso, tiene más de poesía. Es un error grande el aliar este tema con la violencia de género", defiende.

¿Por qué lo hacemos entonces? Martínez Gallardo lo explica así: "La lucha contra un problema, y el machismo tan brutal lo es, llega a esto, a tener tanto cuidado que al final no podemos decir nada. Hablamos ya casi con artículos, ‘él y ella’ ‘nosotras y nosotros’..., tardamos tanto en hablar que al final casi no decimos nada por ser correctos. Es como cuando estamos apagando un fuego y nos pasamos de echar agua por si acaso. Hay una gran deuda histórica con la mujer, sí, pero no se puede poner mordazas a la gente, ésta se tiene que expresar y cuando hay libertad de expresión se cometen equivocaciones, pero hay que saber distinguir y circunscribir esta cuestión tan delicada y peligrosa a quien esté circunscrita".

Y aquí sí suma su voz a la de la vicepresidenta de Antígona ya que, como ella, cree que los piropos están en extinción, "las abreviaturas del whatsapp y los emoticones no dan para hacer poesía, que es la que contienen muchos piropos", dice, y augura una no muy lejana muerte al halago callejero, "es algo demodé, a extinguir, como el mantón de Manila, la capa española o el chotis". El caso es que los veinteañeros consultados por HERALDO confirman sus palabras y manifiestan no haber dicho jamás un piropo. "¿Lo wasapeáis?", pregunto. Y me dan la razón con desgana, como para que cambie de tercio.

Así que salimos nuevamente a la calle a recoger la opinión de Jessica y la de Sandra, que acaban de estrenarse en la treintena. "No me molestan los piropos", explica Jessica, "a veces hasta me río. El otro día me dijo un chico: ‘¿no te duelen los tobillos de aguantar tanta belleza?’". De igual manera opina su compañera Sandra, "no es nada excesivo, no te dicen cosas todos los días y no todos son ingeniosos, pero de vez en cuando...".

Ambas vuelven a coincidir en que los halagadores no tienen una edad definida, si bien no incluyen en este grupo a los veinteañeros, ¿un síntoma de que al piropo, "demodé", como lo califica el doctor Martínez Gallardo, le queden ya pocas generaciones de vida?

José Luis Calvo Carilla, profesor de la Facultad de Letras de Zaragoza, publicó en el 2000 ‘Historia y metafísica del piropo literario en el siglo XX’ (Ediciones Península), un análisis del halago callejero que, pese a su brevedad, es objeto de estudio de muchas especialidades: sociología, literatura, historia, lengua, la visión de la mujer,... y ahora objeto de disquisiciones casi jurídicas. "El piropo es una piedra de toque fenomenal porque lo tiene todo", confesaba entonces a ‘Heraldo de Aragón’, no sin apuntar la necesidad de "disponer de una frontera respecto a la agresión verbal".

Y la frontera la establece la mujer. Aquí coincide con Inti Tidball, de la asociación internacional Hollaback, presente en 25 países con la intención de erradicar el acoso verbal (o piropo) de las calles. "Más allá de que un día le pueda gustar lo que le digan, toda mujer también tiene derecho a que no le guste y es ella la que define si es violencia o no", indica la argentina.

Pero Pilar de la Viña, de Antígona, no plantearía batalla contra él en España. "Es un síntoma, en el sentido de signo, y según van avanzando las relaciones entre hombres y mujeres y la sociedad vaya desarrollándose irá desapareciendo", indica. El jefe de Salud Mental de Soria, pronostica también el fin de una práctica que ya cree "en desuso", arrinconada por las nuevas tecnologías o incluso por el fenómeno fan, donde el piropo al uso ha sido sustituido por los chillidos y los exabruptos, aunque bien es cierto que no son ellos, sino ellas las que ‘reinan’ en este estilo de manifestaciones, también públicas.

Lo que parece claro es que epitafios no le faltarán en España al cortejo callejero. El de este reportaje lo pone el ‘grande’ por excelencia de la literatura española, Miguel de Cervantes Saavedra: "Quedad en paz, lumbre de estos ojos, los cuales no verán cosas que les den placer, hasta volveos a ver".
 




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